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Emprendimiento y Negocios

ECONOMÍA | EL COSTO DE VIVIR VUELVE A ESCALAR

Autor

por diariolongino

Publicado

septiembre 9, 2026

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Inflación vuelve a castigar el bolsillo: el IPC duplica lo esperado y encarece lo cotidiano

  • El IPC avanzó 0,6% en agosto, el doble de lo anticipado por el mercado, y llevó la inflación anual hasta 4,1%. El problema no está solamente en la cifra: alimentos, combustible y transporte concentran las alzas, mientras la UF se encamina a superar los $41 mil.

La inflación regresó al centro de la discusión económica chilena por una razón difícil de esconder detrás de estadísticas o promedios: esta vez el aumento se concentró precisamente en aquellos gastos que las familias encuentran más difícil evitar. Comer, movilizarse, llenar el estanque o pagar compromisos reajustados en Unidad de Fomento volverá a costar más, luego que el Índice de Precios al Consumidor registrara durante agosto una variación mensual de 0,6%, exactamente el doble del 0,3% que esperaba el mercado.

El dato informado este martes 8 de septiembre por el Instituto Nacional de Estadísticas no fue una variación marginal dentro de una trayectoria controlada. El IPC acumuló 3,6% durante los primeros ocho meses de 2026 y la inflación a doce meses escaló hasta 4,1%, después de haber registrado 3,5% en julio. Nueve de las trece divisiones que componen la canasta aportaron positivamente al resultado mensual.

La sorpresa importa tanto como el número. Los operadores financieros, economistas y distintas mediciones de mercado habían previsto una inflación cercana a 0,3%. El resultado efectivo terminó duplicando aquella expectativa, demostrando nuevamente lo difícil que puede resultar anticipar el comportamiento de precios cuando intervienen componentes especialmente volátiles.

Pero para una familia el problema es mucho menos sofisticado. No necesita conocer la metodología del IPC para advertir que algo cambió. Basta recorrer un supermercado, comprar verduras, buscar carne para el almuerzo o detenerse frente al precio de la gasolina.

Alimentos y bebidas no alcohólicas subieron 1,4% durante agosto y aportaron 0,317 puntos porcentuales al IPC mensual. Transporte avanzó todavía más, 1,6%, con una incidencia de 0,201 puntos. Entre ambas divisiones explicaron una parte considerable del aumento registrado durante el mes.

Cuando se revisa el detalle, la dimensión cotidiana de la inflación queda todavía más clara. Las papas subieron 17,8% solamente durante agosto y acumulan un incremento de 49,2% en lo que va del año. La carne de vacuno avanzó 3,9% durante el mes y registra 7,3% acumulado durante 2026. No se trata de bienes sofisticados ni de consumos extraordinarios. Son productos presentes regularmente en la mesa de miles de hogares.

El transporte ofrece otra fotografía incómoda. Los pasajes aéreos internacionales aumentaron 32,6% durante agosto y acumulan 29,9% en el año, mientras la gasolina avanzó 0,9% mensual y completa un incremento de 17,6% desde diciembre.

Es cierto que una parte relevante de la sorpresa inflacionaria provino de componentes volátiles. El IPC sin volátiles avanzó solamente 0,1% mensual, un dato bastante menos alarmante y que obliga a evitar conclusiones apresuradas sobre una espiral generalizada de precios. Banco Santander observó precisamente que los componentes subyacentes permanecen relativamente contenidos y que la demanda interna continúa debilitada.

Pero existe una enorme distancia entre explicar técnicamente la composición de la inflación y enfrentar sus consecuencias.

Para una familia que compra papas no existe una “inflación volátil” y otra “subyacente”. Existe un precio marcado en la góndola. Para quien debe utilizar diariamente su automóvil para trabajar, la gasolina tampoco constituye una categoría estadística: representa una cantidad concreta de dinero que desaparece del presupuesto disponible.

Ahí está uno de los principales problemas que deja agosto. La inflación no golpeó exclusivamente bienes que puedan postergarse. Entró en rubros de consumo frecuente y, por esa razón, su impacto se distribuye de manera profundamente desigual.

Una familia de altos ingresos puede absorber un incremento en alimentos reajustando marginalmente sus gastos. Para un hogar que vive con un presupuesto restringido, la misma alza obliga a sustituir productos, disminuir cantidades, aplazar compras o recurrir al crédito.

La inflación tiene esa característica incómoda: el porcentaje es el mismo, pero su costo social no lo es.

Mientras menor es el ingreso disponible, mayor suele ser la proporción destinada a alimentación, transporte, vivienda y servicios esenciales. Por eso un aumento concentrado precisamente en esos componentes se vuelve especialmente sensible, incluso cuando el índice agregado todavía pueda parecer manejable desde una perspectiva macroeconómica.

La situación se vuelve todavía más compleja porque el IPC tiene una segunda vida después de ser publicado.

Su efecto comienza a trasladarse hacia la Unidad de Fomento, mecanismo de reajuste que replica diariamente la inflación del mes anterior. El Banco Central informaba para este 9 de septiembre una UF de $40.885,63. Con el IPC de agosto, el nuevo ciclo de reajuste que comienza el 10 de septiembre debería llevarla hasta alrededor de $41.130,94 al 9 de octubre, superando por primera vez la barrera de los $41 mil.

Puede parecer un movimiento de poco más de $245 por UF, pero esa comparación pierde sentido cuando los compromisos se expresan en decenas, cientos o miles de unidades.

Un crédito hipotecario pactado en UF no observa cómo aumenta una sola unidad: ve reajustado el saldo y las cuotas según las condiciones contractuales. Lo mismo ocurre con determinados arriendos, seguros, colegiaturas y otros contratos indexados.

La inflación, entonces, tiene una capacidad particular para reaparecer.

Primero se encuentra en el supermercado. Después en el combustible. Más tarde puede encontrarse en la cuota hipotecaria o en cualquier obligación denominada en UF.

Ese efecto explica por qué la discusión respecto del IPC no puede quedar circunscrita a si el mercado se equivocó por tres décimas. La verdadera pregunta es cuánto espacio conservan los hogares para enfrentar nuevos incrementos.

Durante años, Chile construyó una cultura económica donde la inflación parecía un fenómeno suficientemente controlado como para no dominar las conversaciones familiares. Las crisis recientes alteraron esa percepción. Después de experimentar fuertes aumentos de precios, los consumidores aprendieron que la inflación no necesita alcanzar dos dígitos para producir incertidumbre. Basta con mantenerse durante un periodo suficientemente prolongado para ir reduciendo silenciosamente el poder adquisitivo.

Ese aprendizaje también modifica las conductas. Cuando las personas esperan nuevos aumentos pueden adelantar compras, buscar alternativas más baratas, reducir consumos o postergar inversiones familiares. Las empresas, por su parte, enfrentan costos mayores y deben decidir cuánto absorber y cuánto trasladar a precios.

El Banco Central ha observado precisamente que las expectativas empresariales de inflación continúan por encima de lo que muchas compañías consideran normal. Su Encuesta de Determinantes y Expectativas de Precios situó las perspectivas a doce meses en 4% y a 24 meses en 3,5%, mostrando que el regreso hacia niveles más bajos todavía no es percibido como inmediato por todos los actores económicos.

Esto pone nuevamente a la política monetaria frente a una decisión incómoda. Una inflación más resistente reduce el margen para relajar rápidamente las tasas de interés. Pero mantener condiciones financieras restrictivas también tiene costos para hogares y empresas que necesitan crédito, inversión y reactivación.

La economía queda atrapada así en una tensión conocida: necesita crecer, pero necesita hacerlo sin permitir que los precios vuelvan a desordenarse.

Ese equilibrio es particularmente delicado cuando el país llega a este episodio con una demanda interna débil. La inflación de agosto no parece provenir principalmente de hogares comprando compulsivamente o de una economía sobrecalentada. Buena parte del salto responde a alimentos, combustibles y otros componentes volátiles. Esa diferencia es relevante para entender el fenómeno, pero no elimina sus consecuencias sociales.

Un trabajador no paga el kilo de papas con inflación subyacente. Lo paga con su sueldo.

Y el sueldo enfrenta otro problema: los ingresos pueden aumentar, pero si los precios avanzan de forma persistente, una parte de esa mejoría nominal desaparece antes de transformarse en bienestar efectivo.

En esto consiste la pérdida de poder adquisitivo. No siempre ocurre mediante una caída visible del salario. Muchas veces sucede porque el mismo ingreso alcanza progresivamente para menos.

La discusión económica chilena suele concentrarse en porcentajes: crecimiento, desempleo, IPC, tasas, déficit. Son indicadores indispensables para comprender la economía. Sin embargo, existe el riesgo de convertirlos en una conversación excesivamente abstracta.

El 0,6% de agosto parece pequeño hasta que se descompone.

Las papas subieron casi 18% en un mes. La carne aumentó. La gasolina volvió a presionar el gasto familiar. Los pasajes aéreos dieron un salto considerable. Y la UF comenzará nuevamente a subir.

Allí aparece la dimensión política del problema.

Controlar la inflación corresponde fundamentalmente al Banco Central mediante su política monetaria, pero el Gobierno tampoco puede observar el fenómeno como un espectador. La política fiscal, la competencia de los mercados, la eficiencia logística, el costo energético, el funcionamiento de las cadenas de distribución y la capacidad de aumentar la productividad también terminan influyendo sobre el escenario económico en el que se forman los precios.

Tampoco serviría responder mediante medidas improvisadas destinadas únicamente a producir un alivio inmediato. Una política económica responsable debe evitar soluciones que terminen alimentando posteriormente la misma inflación que intentaban combatir.

Ese es el desafío menos popular, pero más importante: proteger a las familias sin desordenar todavía más los precios.

Agosto dejó también una advertencia para septiembre. El mes de Fiestas Patrias coincide con un periodo tradicionalmente marcado por mayores gastos familiares en alimentos, transporte y celebraciones. Este año llega con varios componentes de esa canasta mostrando aumentos importantes.

La carne de vacuno está más cara. Las papas también. El combustible acumula una importante subida durante 2026. En regiones como Tarapacá, donde las distancias y la dependencia del transporte terrestre tienen un peso significativo en el costo final de múltiples productos, la evolución de combustibles y logística adquiere todavía mayor relevancia.

No significa que cada precio regional vaya a reproducir mecánicamente el IPC nacional, pero sí que existe un contexto donde consumidores y pequeños comerciantes enfrentan mayores presiones.

La inflación, además, tiene un componente psicológico imposible de ignorar. Cuando los hogares sienten que los precios aumentan con mayor rapidez que sus ingresos, disminuye la confianza y crece la percepción de deterioro económico, incluso cuando otros indicadores puedan mostrar señales distintas.

Por eso el IPC no debe leerse únicamente como una fotografía técnica de agosto.

Es también una señal sobre septiembre y octubre, sobre los contratos reajustables, sobre las decisiones que adoptará el Banco Central y, principalmente, sobre cuánto dinero deberán destinar las familias para conservar un nivel de consumo parecido al que tenían antes.

Existe, sin embargo, una precaución fundamental. Un solo mes no define necesariamente una nueva tendencia inflacionaria. El hecho de que la medida sin volátiles haya aumentado apenas 0,1% aconseja observar los próximos registros antes de hablar de un descontrol general de precios.

Pero prudencia no significa indiferencia.

El IPC duplicó lo esperado. La inflación anual regresó al 4,1%. Las mayores presiones se concentraron en alimentos y transporte. Y la UF trasladará una parte de ese aumento hacia compromisos financieros que continuarán pagándose durante los próximos meses.

Es suficiente para encender una señal de advertencia.

Porque la inflación posee una cualidad que pocas variables económicas comparten: puede ser técnicamente transitoria y socialmente dolorosa al mismo tiempo.

El mercado podrá discutir si agosto fue una anomalía. Los economistas podrán calcular cuánto corresponde a componentes volátiles. El Banco Central deberá decidir cuánto peso entrega al dato antes de modificar su estrategia monetaria.

Las familias, en cambio, tienen una discusión mucho más sencilla.

Deben decidir qué compran, qué dejan para después y cuánto dinero les quedará cuando termine el mes.

Y allí, lejos de las planillas y de los modelos macroeconómicos, es donde el 0,6% deja de parecer una cifra pequeña.

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