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Opinión

El miedo que no se combate con patrullas

Autor

por diariolongino

Publicado

septiembre 15, 2026

Tiempo de lectura

Por Patricio Meza García.

Chile enfrenta una paradoja inquietante. Los delitos violentos que afectan a los hogares han disminuido, pero el miedo sigue instalado con una fuerza difícil de ignorar. Mientras la victimización baja hasta un 7,9%, cerca del 83% de las personas continúa creyendo que la delincuencia aumentó. Las cifras avanzan en una dirección y la percepción social parece caminar exactamente en la contraria.

Durante años, esa distancia se ha explicado apuntando a los medios de comunicación, a la exposición permanente de hechos violentos o al discurso político que convierte la seguridad en una competencia por determinar quién promete más policías, más cárceles o penas más severas. Hay algo de cierto en todo aquello. Pero probablemente no alcanza para explicar por qué una sociedad puede sentirse cada vez más insegura incluso cuando determinados indicadores muestran una mejoría.

Una nueva variable obliga a mirar el problema desde otro lugar: la soledad.

El Ministerio de Desarrollo Social ha identificado a un grupo de alrededor de 420 mil personas clasificadas como socialmente aisladas. Se trata de quienes manifiestan sentirse solas y cuentan con una o ninguna amistad a la cual recurrir frente a un problema

Cuando a esas personas se les consulta si han dejado de realizar actividades por temor a la delincuencia, la diferencia resulta reveladora. Entre quienes mantienen vínculos sociales, un 43% declara altos niveles de temor. Entre quienes viven en aislamiento, la cifra llega al 65%.

No parece una diferencia menor.

Una persona que conserva amistades, conversa con sus vecinos, participa de una comunidad o simplemente sabe que tiene alguien a quien llamar dispone de algo que ninguna estadística policial puede entregar: experiencias cotidianas que contradicen la idea de que todo el entorno representa una amenaza.

Quien vive aislado carece muchas veces de ese contraste. Su conocimiento de lo que sucede fuera de casa puede quedar construido principalmente por las noticias, las redes sociales, los videos de delitos y los relatos de violencia. El mundo exterior comienza entonces a observarse desde la excepcionalidad y no desde la experiencia cotidiana.

El resultado puede ser un círculo perverso. Una persona siente miedo y deja de salir. Al dejar de salir pierde vínculos. Al perder vínculos dispone de menos experiencias que contradigan su temor. Y cuanto más aislada se encuentra, más amenazante puede parecerle el espacio público.

La discusión sobre seguridad en Chile rara vez incorpora esta dimensión.

El debate suele dividirse entre quienes reclaman más policías, mayor control territorial y endurecimiento de las penas, y quienes insisten en abordar las causas sociales que favorecen la delincuencia. Ambas perspectivas forman parte de una política de seguridad seria, pero ninguna responde completamente a la realidad de una persona que ya dejó de utilizar una plaza, visitar amigos, caminar por su barrio o participar de organizaciones porque considera que salir de casa representa un riesgo.

Una ciudad segura no se construye exclusivamente reduciendo delitos. También necesita recuperar confianza.

Eso significa barrios habitados, plazas utilizadas, organizaciones vecinales activas, adultos mayores acompañados y espacios públicos donde las personas vuelvan a encontrarse. La seguridad no consiste únicamente en evitar que ocurra un delito. También implica conseguir que la población pueda vivir sin organizar cada decisión cotidiana alrededor del miedo.

Chile puede seguir aumentando patrullajes, instalando cámaras y endureciendo sanciones. Probablemente algunas de esas medidas serán necesarias. Pero si paralelamente cientos de miles de personas viven aisladas, desconfiando de todos y reduciendo progresivamente su contacto con los demás, la sensación de inseguridad seguirá encontrando terreno fértil.

Hay una parte del miedo que ninguna patrulla puede resolver.

Porque una sociedad más segura también comienza cuando una persona sabe que, frente a una dificultad, existe alguien al otro lado del teléfono.

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