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miércoles, noviembre 4, 2026

Opinión

Chile no cabe en una encuesta: cuando los porcentajes importan más que las personas

Autor

por diariolongino

Publicado

noviembre 4, 2026

Tiempo de lectura

Por Christián Zaines Correa, periodista

En Chile pareciera que la política dejó de escuchar a las personas para comenzar a escuchar las encuestas. Cada semana se celebra quién sube, quién baja, quién aprueba y quién desaprueba. Los gobiernos festejan cuando los números los favorecen, las oposiciones cuando ocurre lo contrario y los medios convierten cada variación porcentual en un acontecimiento nacional. Mientras tanto, los problemas cotidianos de millones de ciudadanos siguen esperando respuestas.

¿Estamos utilizando las encuestas para comprender al país o simplemente estamos reduciendo al país a un conjunto de porcentajes?

Las encuestas son importantes. Permiten conocer tendencias, preocupaciones y percepciones ciudadanas. Pero una cosa es reconocer su valor y otra muy distinta es convertirlas en verdades absolutas, como si una muestra estadística pudiera explicar toda la complejidad de nuestra sociedad.

Las mediciones de mayo de 2026 resultaban reveladoras. Cadem registraba un 58% de desaprobación al gobierno de José Antonio Kast; Criteria, un 53%; y Pulso Ciudadano, un 54,4%. Pero la oposición tampoco tenía motivos para celebrar: Criteria mostraba un 61% de desaprobación hacia su labor y Black & White un 64% de evaluación negativa.

El desprestigio ajeno no es un mérito propio. Que un gobierno pierda aprobación no significa que la oposición gane confianza, ni que el rechazo a la oposición convierta automáticamente al Ejecutivo en una administración exitosa.

Lo preocupante es cómo se utilizan estas cifras. Cuando favorecen a un sector político, representan la voz del pueblo; cuando lo perjudican, se cuestionan las metodologías, las muestras y hasta las intenciones de quienes las elaboran.

Qué conveniente resulta escuchar a la ciudadanía solamente cuando dice lo que queremos oír.

Pero hay algo todavía más profundo. Chile no es solamente Santiago. Las preocupaciones de una familia de Iquique, una comunidad de Colchane o un trabajador de Alto Hospicio no necesariamente coinciden con las de los grandes centros urbanos. Una encuesta nacional puede ser estadísticamente representativa y, aun así, no reflejar con suficiente profundidad las particularidades de cada territorio.

Porque una cosa es medir al país y otra muy distinta es comprenderlo.

¿De qué sirve que un gobierno aumente cinco puntos su aprobación si las condiciones de vida no mejoran? ¿De qué sirve que una oposición celebre la caída del adversario si no presenta alternativas concretas? ¿De qué sirve conocer semanalmente el estado de ánimo ciudadano si ese conocimiento no se traduce en mejores decisiones?

Pareciera que nos hemos vuelto expertos en medir la popularidad del poder, pero bastante menos exigentes a la hora de medir sus resultados.

La democracia necesita encuestas, por supuesto. Pero también necesita autoridades que recorran los territorios, escuchen a las organizaciones sociales, comprendan las necesidades reales y rindan cuentas por sus decisiones.

Porque mientras algunos discuten porcentajes, hay familias esperando atención médica, trabajadores buscando empleo, ciudadanos preocupados por la delincuencia y comunidades que sienten que sus problemas rara vez ocupan un lugar prioritario.

Las encuestas son una fotografía del país, pero jamás podrán contar toda su historia. Pueden mostrar tendencias, pero no reemplazar la experiencia de quienes viven diariamente sus dificultades.

Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cuánto quiere la gente a sus gobernantes y comenzar a exigir cuánto están haciendo realmente por ella.

Porque un país no mejora cuando sus autoridades suben en las encuestas. Mejora cuando sus ciudadanos viven mejor.

Y Chile no se gobierna desde una planilla de Excel, ni se transforma ganando una encuesta. Se gobierna enfrentando sus problemas, aunque resolverlos no entregue aplausos ni puntos de aprobación.

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