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miércoles, noviembre 4, 2026

Opinión

Chile rico, pueblo pobre

Autor

por diariolongino

Publicado

noviembre 4, 2026

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Por Patricio Meza García.

Chile ostenta el título de mayor productor mundial de cobre, una condición privilegiada que debería traducirse en mejores oportunidades y bienestar para sus habitantes. Sin embargo, detrás de las millonarias exportaciones mineras existe una realidad profundamente contradictoria: un país que genera enormes riquezas, pero donde miles de familias enfrentan dificultades para cubrir sus necesidades más básicas.

Las cifras reflejan esta preocupante situación. El desempleo nacional alcanzó un 9,8% durante el trimestre julio-septiembre de 2026, mientras que la última Encuesta Suplementaria de Ingresos del INE reveló que la mitad de los trabajadores percibió $680 mil mensuales o menos en 2025. A ello se suma un estudio de Ipsos que estableció que el 45% de los hogares encuestados declaró no contar con ingresos suficientes para llegar a fin de mes.

Resulta legítimo preguntarse cómo una nación con semejante patrimonio natural mantiene brechas tan profundas. ¿De qué sirve liderar la producción mundial de cobre cuando el progreso no llega con la misma fuerza a los salarios, la salud pública, la educación y las oportunidades laborales?

Esta contradicción adquiere particular relevancia en regiones mineras como Tarapacá, donde conviven grandes inversiones extractivas con desempleo, informalidad y necesidades sociales que continúan esperando soluciones. La riqueza que emerge del desierto debería impulsar también una economía regional diversificada, con empleos estables, proveedores locales y mayores oportunidades para sus jóvenes.

El problema no radica exclusivamente en cuánto produce Chile, sino en cómo transforma esa producción en desarrollo. Durante décadas hemos privilegiado la exportación de materias primas sin avanzar suficientemente hacia una industrialización capaz de incorporar conocimiento, innovación y valor agregado.

Tampoco se trata de desconocer el aporte de la minería, sus trabajadores y las empresas que invierten. Se trata de exigir que esa actividad contribuya de manera efectiva a construir una economía menos dependiente de los ciclos internacionales y con beneficios más amplios para la población.

Chile necesita fortalecer su industria, mejorar la formación técnica, impulsar el emprendimiento y establecer condiciones para que la riqueza generada se traduzca en oportunidades reales.

Porque crecimiento económico y desarrollo social no son sinónimos. Un país puede aumentar sus exportaciones y exhibir grandes cifras de inversión mientras una parte importante de sus habitantes continúa endeudándose para sobrevivir.

La verdadera medida del éxito económico no debería encontrarse únicamente en las toneladas de cobre exportadas, sino en la calidad de vida de quienes habitan este territorio.

Chile no es pobre en recursos naturales. Su gran deuda sigue siendo transformar esa riqueza en oportunidades. Y mientras esa contradicción persista, el desarrollo continuará siendo una promesa pendiente.

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