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martes, octubre 27, 2026

Opinión

Silvia Prieto Gárate: una grande de Tarapacá

Autor

por diariolongino

Publicado

octubre 25, 2026

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Eso, tía Silvia, la hace a usted una grande de Tarapacá.

Gonzalo Prieto Navarrete. Sobrino orgulloso.

Silvia Prieto Gárate ha partido. Dejó en esta tierra un legado inmenso que no solo es bueno recordar, sino que resulta absolutamente necesario continuar por el bien de todas y todos quienes vivimos en Tarapacá.

Quiero recordar a mi tía Silvia desde mis primeros días de infancia en Barros Arana. En retrospectiva, tuvo una gran influencia en mí, pero no desde una acción premeditada, sino desde el ejemplo y desde su capacidad para sumarnos a todos los miembros de la familia en sus iniciativas. Creo que no hubo sobrino o sobrina que se salvara de participar.

Yo no tenía idea de política, pero un día nos fuimos a las esquinas del centro de Iquique a pegar con engrudo los carteles de un candidato. En verano, la tía Silvia le dijo a mi mamá que nos inscribiera para irnos de campamento. Y fue así como una tarde de enero, con mochila y saco de dormir, me embarqué en un bus frente a la Junaeb para conocer el desierto y toparme con gente que vestía camisa gris perla y usaba coloridos pañolines en el cuello.

¿El resultado? He sido militante por más de 26 años y scout por 30. Pensándolo bien, mientras estoy aquí sentado frente al computador escribiendo y recordándola, me doy cuenta de que ella plantó, sin quererlo, las pasiones de mi vida.

A la casa iban y venían personas adultas; personas que hablaban mucho sobre Iquique, la Zofri, el trabajo, la dictadura, la democracia, los traidores y también sobre aquellos que lucharon tanto, pero que se quedaron solos a pesar de todo lo que sufrieron por recuperar la democracia en Chile. Escuchando a mi tía y a las amistades que frecuentaban Barros Arana, comprendí por primera vez que hubo personas valientes que nunca dejaron de luchar, pero a quienes luego nadie les reconoció su valor.

¿Y cómo no recordarlo? Con ella fui aprendiendo los nombres y apellidos de quienes llegaban a la casa para pedir su colaboración. Gente importante que tomaba té y le hablaba de cómo su apoyo ayudaría a construir un mejor futuro para Iquique, Tarapacá y el país. Ella apoyó a muchas personas, pero jamás se quedó solo en eso, porque «la tía Silvia», en la calle o en su casa, construyó parte de ese futuro que hoy es nuestro presente.

Sus causas fueron tantas. Las mujeres, sus derechos, su dignidad, su derecho a participar y a decidir no eran para ella una consigna, sino un acto consecuente de vida. Mi tía nunca se quedó callada, siempre levantó la voz, organizó a la gente y, si había que marchar para avanzar, se marchaba.

«Con los chilenos vinimos, con los chilenos morimos». Para mi tía nunca hubo un extraño: siempre era un compañero, un amigo, un ser humano que merecía nuestra solidaridad. Nos faltarían líneas para enumerar a tantas personas que recibió en su casa, en la sede de la junta de vecinos o en la del PPD. Multiplicaba la comida para que nadie se quedara sin pan.

Siempre nos contaba la historia de la abuela que puso una bandera española en la puerta de la casa para resguardar a los perseguidos. Ese mismo espíritu la guio en el camino de la solidaridad y la defensa de los derechos humanos.

Militante de izquierda. Primero en las Juventudes Comunistas y luego fundadora del PPD, pero más que de cualquier partido, mi tía Silvia fue una militante consecuente con las causas sociales de Iquique. No le tembló la voz para defender el agua, los derechos de los pueblos indígenas, a las personas mayores y a las niñas, niños y jóvenes.

Fue una madre diferente, porque probablemente mis primos —sus hijas e hijos— tuvieron que compartirla siempre con sus pasiones. Una hermana que cuidó a los suyos, los apoyó, los reconoció y los alentó. Se convirtió, sin pedirlo, en la líder de una familia que quedó sin padre y donde su admirado hermano mayor estaba tan lejos por el exilio. Nos recuerdo en Barros Arana alrededor del mejor ceviche que he comido en mi vida.

Los derechos de los consumidores, el diario El Poblador, los presupuestos participativos, la protección del patrimonio, el Mercado Centenario, la Escuela Santa María, la Iglesia San Antonio (San Francisco), el Centro Oncológico… Nunca hubo lucha a la que ella le hiciera el quite. Jamás buscó el reconocimiento personal; ella empujaba y empujaba hasta que la meta se cumpliera.

Mi tía era una buena persona, hasta el punto de llegar a ser ingenua en ocasiones. Porque hubo quienes se aprovecharon de ella, de su disposición, de sus redes y de su trabajo. Cuando los descubría, sonreía; pero nadie debía confundir su sonrisa con ingenuidad dos veces.

Ella también me enseñó algo muy importante: la familia y la lealtad. La familia es algo que debemos cuidar y proteger siempre, sin importar lo que pase ni los errores que cometamos; nunca debemos dejar de amar a los nuestros. Pese a los ataques y al conventilleo de la esquina, ella se mantuvo siempre leal y firme junto a los suyos.

Usted, tía, no leerá esto, pero mi mejor forma de honrar su legado será luchar por las causas que aún quedan pendientes para nuestra ciudad, nuestra región y nuestro país: la seguridad cuadra por cuadra, la protección de los barrios, la participación vecinal y la construcción de una sociedad más justa.

Y no me olvido de uno de los sueños que quedó en el tintero. Porque hasta sus últimos días recorrió los pasillos del municipio para que se cumpliera la palabra empeñada. Más que títulos y flores, lo que deseaba la presidenta de la Junta de Vecinos Barros Arana N°2 era volver a tener su sede propia, para que todas y todos sigan teniendo un lugar donde construir sueños, defender causas y cuidar los barrios.

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