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Chile al borde de una recesión técnica: cinco meses de Imacec negativo encienden las alarmas sobre el rumbo de la economía

Autor

por diariolongino

Publicado

julio 5, 2026

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Aunque aún no existe una declaración oficial de recesión, los datos del Banco Central muestran un deterioro sostenido de la actividad económica. El PIB desestacionalizado cayó 0,3% en el primer trimestre y el Imacec
acumula cinco meses consecutivos en rojo, abriendo un escenario complejo para el empleo, la inversión, la minería y la confianza de los hogares.

Por Patricio Meza García.

Chile no está oficialmente en recesión. Pero el país sí se encuentra peligrosamente cerca de una recesión técnica, una categoría que, aunque no equivale a una declaración formal de crisis económica, suele anticipar un ciclo de bajo crecimiento, pérdida de dinamismo productivo y mayor presión sobre el empleo.

La diferencia no es menor. Una recesión técnica se configura, en términos simples, cuando el Producto Interno Bruto real desestacionalizado cae durante dos trimestres consecutivos. Es decir, no basta con que la economía crezca menos que antes, ni con que un indicador mensual muestre una baja aislada. Lo relevante es que la producción
total del país, medida sin los efectos propios de cada estación del año, retroceda durante dos períodos trimestrales seguidos.

El primer antecedente ya está sobre la mesa. Según las Cuentas Nacionales del Banco Central, la actividad económica cayó 0,5% en el primer trimestre de 2026 respecto de igual período del año anterior y, descontada la estacionalidad, el PIB exhibió una desaceleración de 0,3% frente al trimestre previo. La demanda interna, en cambio, aumentó 2,1%, impulsada por el consumo de los hogares y la formación bruta de capital fijo, lo que muestra una economía con señales mixtas: consumo todavía activo, pero producción agregada debilitada.

El segundo dato, el que podría confirmar o descartar la recesión técnica, se conocerá cuando el Banco Central publique las cifras del segundo trimestre. Sin embargo, los indicadores mensuales ya están entregando una señal de advertencia. El Imacec de mayo cayó 0,9% en comparación con igual mes del año anterior, mientras que la serie
desestacionalizada se contrajo 0,2% respecto del mes precedente. Con ese resultado, Chile completó cinco meses consecutivos de variaciones negativas en el Índice Mensual de Actividad Económica.

El Imacec no es el PIB, pero se le parece bastante. Es una medición mensual que permite tomar el pulso a la producción nacional antes de que se conozca el dato trimestral definitivo. Por eso, cuando el Imacec encadena varios meses negativos, los economistas comienzan a mirar con mayor preocupación el cierre del trimestre. La pregunta que hoy atraviesa al mercado, al Gobierno, al Congreso y a los hogares es directa: ¿puede Chile evitar que el segundo trimestre también sea negativo?

La respuesta aún no está escrita, pero el margen se estrecha.

Uno de los factores que más golpeó el dato de mayo fue la minería. De acuerdo con el reporte del Banco Central, la caída anual del Imacec se explicó principalmente por el desempeño de la producción de bienes, afectada por la minería, en particular por el cobre. La información disponible muestra que el Imacec no minero tuvo un
comportamiento más resistente, con un crecimiento anual de 0,7%, aunque en términos desestacionalizados también cayó respecto del mes anterior.

Este punto es clave para entender la naturaleza del problema. La economía chilena no se está contrayendo de manera uniforme. Hay sectores que aún muestran cierto dinamismo, como comercio y servicios, pero los componentes vinculados a bienes, minería e industria presentan un deterioro más profundo. Esa composición abre un
debate técnico y político: ¿Chile enfrenta un ajuste transitorio concentrado en algunos sectores o una desaceleración más amplia que puede terminar contaminando el empleo y la inversión?

El mercado laboral ya muestra señales preocupantes. El Instituto Nacional de Estadísticas informó que la tasa de desocupación nacional llegó a 9,4% en el trimestre móvil marzo-mayo de 2026, cifra que coincide con un escenario de menor actividad y mayor presión sobre las familias. En el mismo período, la desocupación femenina
alcanzó 10,5% y la informalidad laboral llegó a 27%, según datos destacados por el INE y reportes recientes.

La comparación histórica agrava el diagnóstico. De acuerdo con análisis de mercadopublicados tras el Imacec de mayo, es la primera vez desde la crisis subprime de 2009 que los primeros cinco meses del año muestran cifras negativas consecutivas. La referencia no implica que Chile esté ante una crisis igual a la de 2009, pero sí permite
dimensionar la excepcionalidad del momento. Entonces, el shock venía desde el sistema financiero internacional; ahora, el deterioro parece combinar factores internos de inversión, debilidad sectorial, presión laboral y menor dinamismo productivo.

Los economistas consultados por distintos medios han comenzado a advertir que el país está entrando en una zona de riesgo. La investigadora Valentina Apablaza, del Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales, sostuvo que Chile necesitaría un crecimiento superior al 2,2% en junio para evitar un escenario de
recesión técnica, según reportó BioBioChile. Esa estimación refleja el tamaño del desafío: no bastaría con un leve repunte, sino con una recuperación mensual suficientemente fuerte para compensar el deterioro acumulado.

El Banco Central, por su parte, ya había recortado sus perspectivas. En el Informe de Política Monetaria de junio, el instituto emisor redujo la proyección de crecimiento del PIB para 2026, principalmente como consecuencia del débil resultado del primer trimestre. La entidad prevé que la inflación converja a la meta de 3% recién en el
segundo trimestre de 2027, mientras el IPC anual llegó a 3,9% en mayo, impulsado por el aumento de los combustibles.

Ese dato introduce una dificultad adicional. En ciclos normales de desaceleración, la política monetaria puede actuar con mayor holgura mediante bajas de tasas para estimular el crédito, la inversión y el consumo. Pero cuando la inflación sigue por sobre la meta, aunque sea por factores externos como combustibles, el margen de acción del
Banco Central se vuelve más estrecho. Actualmente, la Tasa de Política Monetaria se ubica en 4,5%, según los indicadores publicados por el Banco Central.

La economía chilena enfrenta, por tanto, una tensión clásica pero incómoda: necesit impulso para crecer, pero no puede descuidar la inflación. Si se acelera demasiado el estímulo, se corre el riesgo de recalentar precios. Si se actúa con demasiada cautela, la actividad puede seguir debilitándose y trasladar el golpe al empleo.

Desde el mundo privado, los análisis también han apuntado a la minería como uno de los focos críticos. Banco Santander, al evaluar el Imacec de abril, señaló que la caída de 1,2% anual sorprendió fuertemente a la baja respecto de las expectativas del mercado y fue explicada principalmente por el deterioro minero, con una contracción de
11,8% anual en ese sector. Aunque abril no define por sí solo el trimestre, el dato reforzó una tendencia que mayo terminó por confirmar.

La pregunta de fondo es si este deterioro responde a factores puntuales o a una fragilidad más estructural. En la minería, los problemas de producción pueden obedecer a mantenciones, leyes de mineral, contingencias operacionales o menor rendimiento de proyectos específicos. Pero cuando ese retroceso se combina con inversión débil, empleo deteriorado y expectativas a la baja, el impacto deja de ser sectorial y comienza a instalarse en la economía completa.

La Encuesta de Expectativas Económicas del Banco Central, aplicada a académicos, consultores y ejecutivos del sector financiero, mostró en junio que el mercado ajustó sus proyecciones para 2026. Según reportes sobre esa encuesta, la mediana de los analistas espera un crecimiento del PIB de 1,6% este año, una cifra baja para una
economía que necesita generar empleos, aumentar productividad y recuperar inversión.

Aquí aparece una diferencia relevante entre recesión técnica y recesión oficial. La primera es una regla práctica, basada en dos trimestres consecutivos de caída del PIB real desestacionalizado. La segunda implica una evaluación más amplia del ciclo económico, considerando duración, profundidad, empleo, ingresos, producción industrial, comercio, inversión, inflación, condiciones financieras y expectativas. Por eso, afirmar que Chile ya está en recesión sería prematuro. Pero negar el riesgo también sería imprudente.

El Gobierno ha reconocido el deterioro económico. En declaraciones recientes durante su gira internacional, el presidente José Antonio Kast calificó la situación como una “enfermedad económica” y admitió que el país habría reaccionado tarde frente al deterioro. El Ejecutivo ha defendido su agenda de reactivación, asociada a reformas
proinversión, cambios laborales y medidas tributarias, mientras la oposición y sectores sindicales advierten sobre los riesgos de precarización o de impactos fiscales en el mediano plazo.

El debate económico, sin embargo, no se resolverá solo con consignas políticas. Chile enfrenta una desaceleración que requiere distinguir entre medidas de corto plazo y reformas de fondo. En el corto plazo, el desafío es contener el deterioro del empleo, sostener liquidez para pequeñas y medianas empresas, destrabar inversión pública y
privada, y evitar que la incertidumbre paralice decisiones de contratación. En el mediano plazo, la tarea es más difícil: elevar productividad, modernizar permisos, mejorar capital humano, recuperar inversión minera e industrial, y fortalecer la confianza institucional.

La situación también debe leerse desde regiones. En el norte, donde la minería, la logística, el comercio transfronterizo y la inversión pública pesan de manera significativa, una contracción prolongada puede traducirse en menor contratación, postergación de proyectos, caída de servicios asociados y mayor presión social.
Tarapacá y Antofagasta conocen bien el efecto multiplicador de la minería: cuando el cobre se desacelera, no solo se resienten las grandes compañías, sino también proveedores, transporte, comercio, hotelería, alimentación, arriendo de maquinaria y empleo indirecto.

Por eso, el deterioro del Imacec no es un dato abstracto reservado a economistas. Se expresa en familias que postergan compras, empresas que frenan contrataciones, trabajadores que aceptan empleos informales, jóvenes que no logran ingresar al mercado laboral y regiones que ven cómo proyectos estratégicos se demoran. El riesgo de recesión técnica, aunque suene técnico, tiene efectos concretos en la vida cotidiana.

Los expertos coinciden en que junio será decisivo. Si el Imacec del sexto mes del año no logra revertir la tendencia, el segundo trimestre podría cerrar con una nueva caída desestacionalizada, cumpliendo la definición de recesión técnica. Si, por el contrario, junio sorprende positivamente, Chile podría evitar esa etiqueta, aunque no necesariamente despejaría el problema de fondo: una economía que crece poco, genera empleo insuficiente y sigue dependiendo de sectores altamente sensibles a shocks externos.

El análisis comparativo permite establecer tres diferencias con crisis anteriores. Frente a 2009, el problema actual no nace de un colapso financiero global, aunque sí existe un entorno internacional incierto. Frente a 2020, no hay una paralización sanitaria que explique por sí sola la caída. Y frente a los años de ajuste posteriores al
sobrecalentamiento de 2021 y 2022, el escenario actual combina bajo crecimiento con un mercado laboral más frágil y una ciudadanía menos tolerante a nuevos ciclos de estrechez.

La economía chilena, en definitiva, se encuentra en una zona de advertencia. No hay recesión oficial, pero sí señales suficientemente serias como para exigir una respuesta coordinada. El Banco Central deberá seguir calibrando la política monetaria con prudencia. El Gobierno tendrá que demostrar que su agenda de reactivación produce
efectos concretos y no solo anuncios. El Congreso deberá evaluar reformas con responsabilidad fiscal y mirada social. Y el sector privado deberá recuperar capacidad de inversión en un clima donde la confianza se ha vuelto un activo escaso.

Finalmente, Chile no puede esperar a que una definición técnica confirme lo que muchos hogares y empresas ya perciben: la economía perdió velocidad. La discusión no debe reducirse a si corresponde o no usar la palabra “recesión”, sino a cómo evitar que la desaceleración se transforme en una crisis prolongada de empleo, inversión y
expectativas.

La recesión técnica, si se confirma, será una señal grave, pero no irreversible. El país aún cuenta con instituciones macroeconómicas sólidas, un Banco Central creíble, sectores exportadores relevantes y capacidad de recuperación. Sin embargo, la fortaleza institucional no reemplaza la urgencia de actuar. La economía requiere señales claras, inversión destrabada, responsabilidad fiscal, apoyo efectivo a las pymes y políticas laborales capaces de proteger empleo sin deteriorar derechos.

El dato final del segundo trimestre será publicado en agosto, pero la advertencia ya llegó antes. Cinco meses de Imacec negativo no son una anécdota estadística. Son el síntoma de una economía que necesita diagnóstico serio, conducción política y medidas oportunas. Chile aún puede evitar que la recesión técnica se transforme en una recesión social. Pero para eso, el tiempo de la negación ya terminó.

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