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Pobreza: la peor de las violencias contra la mujer

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Por Solange Veloso, Hogar de Cristo
Hay tantas violencias distintas contra la mujer, pero no hay ninguna más feroz que la pobreza, porque
involucra todas las demás.
De esas violencias, como directora de operación social territorial del Hogar de Cristo, conozco más de las
que quisiera. A modo de tributo en el Día Internacional para Eliminar la Violencia contra la Mujer, quiero
comentar algunas de ellas, que tienen cara y nombre. Pero antes explico el sentido de este conmemoración que
este viernes 25 de noviembre marca el comienzo de la Campaña Únete de la ONU, la que abarca 16 días y culmina
con el dedicado a los Derechos Humanos.
“La chica bomba”, Alejandra (48), vive en situación de calle desde la infancia. Su historia parece sacada de una
novela de Nicomedes Guzmán. “Yo caí en las drogas, porque yo, señorita, fui abusada por mi propio hermano
y quedé embarazada cuando tenía 11 años. Ahí nació mi primera hija, que fue criada por mi tía Sabina con
quien nunca más tuve contacto”. Alejandra tuvo otros dos hijos y el día más feliz de su vida fue cuando
conoció a uno de ellos, al que ha visto sólo dos veces. De su día a día, en calle, dice: “Quiero tener un baño
digno donde poder bañarme como la gente, donde nadie la esté mirando a una, donde uno pueda defecar
tranquila. Porque si no se ha dado cuenta, todos defecan por aquí”.
Si el caso de Alejandra impacta, el de Cecilia demuele. “No alcancé a salir, porque, cuando me iba a parar, él
me tiró bencina encima. Y, al segundo, me prendió fuego. Fue porque no quise tener relaciones con él. Le
dije que éramos sólo amigos, aunque  viviéramos en el mismo ruco. De ahí, no supe más de mí en seis
meses”. Así recuerda esa fatídica noche de hace tres años. Cecilia (35) vivió durante diez años de forma
intermitente en situación de calle, deambulando entre la casa de su mamá y la intemperie. Hoy está en una
hospedería del Hogar de Cristo, tiene el 65% del cuerpo quemado, le amputaron tres dedos de una mano a
causa de las quemaduras y espera a un tercer hijo al que piensa dar en adopción.
No existe manifestación más cruda de la pobreza que la vida en calle. Y en el caso de las mujeres esa
realidad se amplifica en materia de vulneraciones, porque ser pobre, no contar con un techo, tener
problemas de consumo, no saber leer ni escribir, venir de un país aún más pobre y ser mujer es lo que los
estudiosos llaman “interseccionalidad”. Una suma de condiciones que profundizan la desigualdad y la
violencia. Quizás recuerden a Joane Florvil, una migrante haitiana de 27 años, que murió porque nadie
entendió por qué había dejado a su hijita, supuestamente abandonada. Fue injustamente acusada y murió
de una crisis hepática, golpeándose contra las paredes de la celda donde la habían encerrado.
La violencia contra la mujer no es solo el golpe que le propina su pareja, o un agarrón en la micro, o la
manipulación de un explotador sexual, es sobre todo la pobreza. Los invito a leer el estudio “Ser Niña en una
Residencia de Protección en Chile”, que Hogar de Cristo publicó en 2021, porque describe a la perfección de
qué hablo.

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