San Martin # 428, Of.02 - Iquique, Chile

contacto@diariolongino.cl

Ingresar
Contacto
sábado, mayo 9, 2026

Tamarugal

Pica, el oasis que resistió imperios: del Camino del Inca a Chile, una historia marcada por la fe, el vino y el agua

Autor

por diariolongino

Publicado

enero 25, 2026

Tiempo de lectura

  • Enclavado en el desierto, el Oasis de Pica fue ruta inca, enclave colonial y refugio republicano. Entre encomiendas, viñas, plata y salitre, su identidad se forjó en el aislamiento y en una batalla persistente: asegurar el agua que todavía brota bajo la arena.

El Oasis de Pica no es solo un punto verde en el mapa del desierto de Tarapacá. Es una estación histórica donde se cruzan rutas, poderes y disputas que moldearon la vida del norte por siglos. Su ubicación —en el antiguo Camino del Inca, entre los tambos de Huatacondo al sur y Mamiña al norte— lo convirtió en un paso estratégico mucho antes de la llegada de los europeos. Por allí pasó Diego de Almagro en 1535, en una expedición que marcó el inicio de la avanzada hispana hacia el sur y que, según la tradición histórica, encontró resistencia local. Esa condición de corredor, de lugar obligado en el tránsito por el desierto, explica por qué Pica fue desde temprano más que un oasis: fue un territorio disputado.

La conquista se asentó con fuerza dos décadas más tarde. En 1556 se instalaron conquistadores y, desde 1559, se registraron encomiendas de indígenas, reflejo de un orden colonial que reorganizó la vida local bajo la lógica de trabajo forzado, tributo y control social. En ese esquema, Pica adquirió un papel administrativo relevante: fue sede del Tenientazgo de Tarapacá, estructura que dependía del Corregimiento de Arica. Ya en 1765 se creó el Corregimiento con capital en el vecino pueblo de Tarapacá, dentro del Virreinato del Perú, del cual formaba parte toda la zona. En ese entramado, el oasis no quedó al margen de los centros de poder: su vida cotidiana estuvo ligada a decisiones tomadas lejos, en oficinas virreinales y capitanías, pero con efectos directos sobre tierras, familias y producción.

La dimensión eclesiástica fue otro eje de su influencia. Pica fue capital de una cúpula religiosa que dependía de Arequipa, y su parroquia fue creada en 1620 por el obispo Pedro de Perea. Allí se entronizó al apóstol San Andrés, figura que terminó por encarnar la continuidad simbólica del pueblo: una fe sostenida en aislamiento, en una geografía dura, donde la iglesia fue tanto espacio de culto como de organización social. En torno a ese núcleo espiritual y administrativo, se concentró la mayor población hispana del área, construyendo una tradición comunitaria marcada por la distancia, el parentesco y la necesidad de cohesionarse frente a un entorno donde sobrevivir era un proyecto colectivo.

En ese contexto aparecen las primeras grandes familias propietarias. La familia Ceballos —proveniente de la merindad de Trasmiera, en la provincia de Laredo y Santander, España— fue la primera en establecer una hacienda de peso en el oasis. Su principal producto fue el vino, comercializado por tierra hacia Arequipa y Potosí, lo que revela un dato clave: Pica no solo producía para el consumo local, sino que se integró tempranamente a circuitos económicos interregionales, cruzando desiertos y cordilleras con mercancías que exigían logística, mano de obra y redes de intercambio. La economía del oasis, desde entonces, quedó amarrada a la capacidad de cultivar y, por tanto, a la capacidad de controlar el agua.

La riqueza regional cambió de escala cuando, desde comienzos del siglo XVIII, la mina de plata de Huantajaya —próxima a Iquique— comenzó a irradiar recursos hacia las familias locales. La plata reordenó jerarquías, multiplicó influencias y reforzó la conexión entre el interior agrícola y la costa minera. Pero esa bonanza convivió con la precariedad estructural del desierto: el oasis prosperaba, sí, pero siempre al filo de la escasez hídrica y del aislamiento territorial.

Con la Independencia del Perú en 1821, el Departamento de Tarapacá pasó a ser parte de esa república, y Pica quedó incorporada a un nuevo orden nacional. En 1836 nació allí Remigio Morales Bermúdez, quien, tras una carrera militar que incluyó su participación como coronel en la Guerra del Pacífico, llegaría a ser presidente del Perú entre 1890 y 1894, falleciendo en el ejercicio del cargo. Su figura ilustra la densidad histórica del oasis: un territorio pequeño en tamaño, pero capaz de proyectar nombres y trayectorias hacia el corazón político de un país.

    Etiquetas :

    Noticias relacionadas

    Deja el primer comentario

    Iniciar sesión