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sábado, mayo 9, 2026

Iquique

“Para seguir viviendo”

Autor

por diariolongino

Publicado

enero 20, 2026

Tiempo de lectura

por Rafael Montes.

Éramos compañeros de curso con Ramsés Aguirre Montoya en el Liceo de Hombres de Iquique. Como suele ocurrir en la vida, una vez finalizados nuestros estudios de humanidades, cada uno tomó su propio rumbo universitario. Los años pasaron y, nuevamente por esas vueltas del destino, un día nos reencontramos en la Plaza Prat: él ya convertido en médico y yo en ingeniero.

Comenzamos a conversar, a ponernos al día, y fue entonces cuando Ramsés me dijo, casi con naturalidad:

—Vamos a tomarnos una taza de café al Croata.

Allí, entre cafés y recuerdos, empezamos a hablar de cómo nos había tratado la vida con el paso del tiempo. En medio de esa conversación, sentí la necesidad de decirle:

—Estimado Ramsés, yo soy un hombre agradecido de la vida. Tuve la suerte de crecer junto a mis padres y también la fortuna de que me brindaran un respaldo económico para ir a la universidad y poder defenderme en la vida.

Ramsés me miró y respondió con una sencillez que aún recuerdo:

—Rafael, a mí me pasó lo mismo, y si a los dos nos fue bien en la vida, lo lógico sería devolverle la mano a la vida.

A partir de ese momento, la conversación cambió de tono. Comenzamos a reflexionar sobre qué podíamos hacer, sobre el sentido de retribuir y sobre la prolongación de la vida del ser humano. Hablamos también de lo inalcanzable que resultaba la jubilación para muchos, que en demasiados casos apenas alcanzaba para comprar un par de remedios.

Después de tanto conversar, tomamos una decisión que marcaría nuestras vidas: luchar por un centro oncológico. Fue Ramsés Aguirre quien lo planteó con claridad, basando su reflexión en que, si bien en ese entonces —hace ya 20 años— las principales enfermedades eran las cardiovasculares, en el futuro lo sería el cáncer.

Ambos resolvimos llevar esta idea a nuestros respectivos espacios. Ramsés la presentó al directorio del Colegio Médico de Iquique y yo la expuse al directorio de la Cámara de Comercio de Iquique. A los dos nos fue bien y fue en ese momento cuando esta lucha comenzó, ya no como una idea, sino como un compromiso real.

Sin embargo, los inicios no fueron fáciles. La recepción que esperábamos no se dio, ni siquiera al interior de nuestras propias autoridades. Fue entonces cuando nos reunimos con el directorio recién formado de la Corporación Oncológica del Norte.

Desde ese punto, las cosas comenzaron a mejorar de manera notable. Empezaron a respetarnos, las personas se fueron interiorizando en el tema y comenzamos a visitar autoridades. Nos comunicamos con Santiago para evaluar la posibilidad de concretar el centro oncológico, pero la respuesta fue categórica: No. Según lo establecido, el centro oncológico correspondía a Concepción por el sur, Santiago por el centro y Antofagasta por el norte. Esa fue la respuesta definitiva.

Aquello nos obligó a reaccionar, porque una vez más quedaba en evidencia el permanente abuso del centralismo en nuestro país. Decidimos organizarnos y darle identidad a nuestra causa.

Creamos como color de defensa el verde de la esperanza y establecimos un eslogan que decía: “Para seguir viviendo”. Con esos símbolos comenzamos a trabajar. Instalamos banderas verdes, elaboramos dípticos con el eslogan y nos reunimos con todas las autoridades de la ciudad, además de medios de prensa escrita, televisión y radios locales. Poco a poco, nuestra voz empezó a tener mayor peso.

A mitad del camino, por acuerdo del directorio, decidimos incorporar a representantes sociales de la ciudad: algunos gremios, juntas de vecinos y organizaciones comunitarias. Comenzamos a recorrer las calles, a embanderarlas y a conocer en terreno la tremenda tristeza que se escondía en muchos hogares. Personas sin recursos para viajar a Santiago o Antofagasta, obligadas a esperar que sus familiares murieran en casa. Esas realidades, tan duras, nos daban aún más fuerza para seguir luchando.

Se cruzaron muchas etapas. Una de las que más recuerdo fue cuando vinieron desde Santiago y nos dijeron:

—¿Cómo ustedes van a crear un centro oncológico si no tienen el número de enfermos que se necesita para iniciarlo en Iquique?

Me tocó responder:

—Pero si nuestro centro oncológico también va a atender a Arica; si los suman, el número sí da.

Tampoco fue posible. Con el tiempo, el pensamiento de quienes estábamos en esta lucha se fue endureciendo, porque avanzábamos demasiado lento. Hasta que llegó un momento crítico: el estudio preinversional no fue favorable. Frente a eso, tomamos una decisión extrema y profundamente dolorosa: iniciar una huelga de hambre, a la que se sumaron Betty Terrazas, Alicia Naranjo, María Cazanga y Roberto Castañeda.

Hoy, María Cazanga y Roberto Castañeda ya han fallecido. Aquella huelga de hambre logró lo que años de gestiones no habían conseguido: que las autoridades de Santiago vinieran a Iquique. Después de tres años de negativas, el llamado se concretó a los siete días de iniciada la huelga.

Desde ahí, las etapas comenzaron a avanzar. Antofagasta, que inicialmente también se oponía a que contáramos con radioterapia en nuestra región, con el tiempo empezó a llamarnos para pedir apoyo, ya que estaban saturados. A partir de ese momento, el camino comenzó a despejarse.

Estábamos avanzando con mayor seguridad cuando recibimos un golpe devastador: a nuestro médico y amigo de todos se le había detectado un cáncer al páncreas. Fue un impacto profundo para todo el equipo que llevaba años luchando unido.

Recuerdo con claridad cuando Ramsés me dijo:

—Rafael, quiero conversar contigo.

Ya enfermo, me señaló:

—Aprovecha la experiencia de Antofagasta. Cuando se hizo el centro oncológico allá, se construyó con un solo búnker, y cuando ese búnker entra en mantención o se echa a perder, se paraliza todo Antofagasta.

Gracias a esas palabras y a esa visión, el Centro Oncológico de Iquique contará con dos búnkeres, lo que permitirá que siempre pueda seguir atendiendo a los enfermos.

En este camino contamos con el apoyo de muchos médicos, entre ellos Plinio Fernández, Teresa Barlaro, Juan Carlos Liendo y los oncólogos venezolanos Juan Carlos Mariño y Marilín Martínez, entre otros, quienes aportaron generosamente su conocimiento y compromiso.

Recuerdo también cuando, con las cosas ya mejor encaminadas, fuimos a conversar con quien era intendenta en ese entonces, Antonella Sciaraffia. Ella nos mostró el terreno donde hoy se construye el centro, un momento que sentimos como un verdadero hito.

Desde ahí en adelante, las cosas comenzaron a normalizarse. Ya contábamos con el apoyo transversal de la comunidad de Iquique. El panorama se veía más claro y comenzamos a presionar para que finalmente se contratara a la empresa que iniciaría la construcción del centro oncológico.

No fue sencillo. Se perdieron dos o tres licitaciones porque los valores ofertados superaban ampliamente los montos disponibles. Además, veníamos saliendo de los momentos más complejos de la pandemia, lo que hacía muy difícil sostener cálculos estables debido a la variabilidad de los precios.

Fue entonces cuando el gobierno dictó una medida de emergencia a nivel nacional para destrabar estas situaciones. En ese contexto se presentó la empresa Moller & Pérez-Cotapos, con un precio mayor al que ofrecía Salud, y gracias a la ministra de Salud y a algunos parlamentarios se logró finalmente salvar esta etapa crítica.

Son muchas las historias acumuladas en estos 21 años de lucha, tantas que seguramente algún día permitirán escribir un libro que recoja todas las variables, dificultades y aprendizajes vividos en este largo camino.

Hoy, el Centro Oncológico Doctor Ramsés Aguirre Montoya está llegando a su etapa final. En marzo próximo, el edificio terminado será entregado a Salud Iquique. Posteriormente, se deberá definir la fecha en que comenzarán a recibirse los enfermos de nuestra región, de Arica y, por qué no, también pacientes de Bolivia que hoy deben viajar hasta Santiago.

Paralelamente, ya hemos iniciado una nueva lucha: la Casa de Acogida. Esta permitirá recibir en Iquique a enfermos provenientes del altiplano, la precordillera o de sectores vulnerables, que no cuentan con los recursos para sostenerse mientras inician su tratamiento.

Gracias a la enorme cantidad de personas que participaron y creyeron en esta causa, cada una de estas tareas se fue haciendo más llevadera. Y así, paso a paso, esta historia colectiva fue tomando forma, siempre guiada por la convicción de que luchar por la vida vale cada esfuerzo.

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