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LAS PEQUEÑAS GRANDEZAS DE CADA DÍA

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 “Los ambientes naturales o sociales entre los que nos movemos, están altamente polarizados, lo que deteriora la familiaridad en el trato entre análogos, envenenando los diversos diálogos y poniendo en riesgo las voces disidentes”.

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Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor

              

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                En un tiempo de tantas dificultades, en el que vivimos encerrados en nuestros propios intereses, tenemos que movilizarnos para el cambio. Noviembre puede ser un buen mes de inicio. Lo que debe estar claro, que no podemos continuar enemistados con aquello de lo que formamos parte, el mundo. Nuestro paso por aquí, tiene que servir para el reencuentro corazón a corazón; lo que nos hará destronar de nuestra mirada el poseer, como poder dominador que nos esclaviza y nos aborrega. Nadie debe ser más que nadie ni menos que ninguno. Esto nos enseña a despertar, para hacernos cargo de nuestras propias miserias humanas, desde la ínfima pequeñez de un caminante, al que sólo ha de moverle el amor y el deseo de amar. Con razón se dice, se comenta y hasta se infunde en todas las artes y ciencias, que hay que querer hasta el extremo de abrazarnos en vida.

                Precisamente, es la confianza en nosotros mismos y en los demás, la que nos ayuda a bucear con otros lenguajes más desposeídos, que es lo que en verdad nos hace crecer como humanidad. Por consiguiente, la actitud más adecuada reside en ponernos en acción de servicio, sin esperar nada a cambio por aquí abajo, nada más que reconquistar la cima de la montaña del afecto, que hemos abandonado como unos seres ingratos. Empedrado nuestro propio espíritu celeste, tenemos que intentar vaciarnos de egoísmos. Esto nos demanda claridad en la visión, gratuidad y gratitud en la inspiración, sin grandiosas hazañas, pero con una firmísima esperanza en la mística diaria, como experiencia de luz, cautivados por el desvelo de hacer familia. Desde luego, el mayor cobijo radica en el hogar; nuestras pisadas lo pueden abandonar, pero jamás nuestras palpitaciones. 

                Un ambiente hogareño calma los hechos y los colma de ternura. Todo lo bueno se edifica a través de los vínculos familiares. Sin embargo, y para desgracia de todos, los ambientes naturales o sociales entre los que nos movemos, están altamente polarizados, lo que deteriora la familiaridad en el trato entre análogos, envenenando los diversos diálogos y poniendo en riesgo las voces disidentes. Hoy más que nunca defender el derecho a la libertad de expresión, es un acto de justicia, como herramienta vital de avance en sus metas armónicas, para un desarrollo sostenible y un espíritu democrático inclusivo. Son, sin duda, estas pequeñas grandezas de cada día, las que nos hacen levantar la mirada y no vernos distantes entre sí. Porque estamos en camino, demos un paso hacia adelante siempre. El mejor sueño conjunto está en vivir y en desvivirse por el otro.

                En efecto, las personas que llevan a buen término su actividad, sin aspirar a cosas demasiado mundanas, sino cumpliendo cada aurora con fidelidad los quehaceres místicos, percibirán que la buena dirección no está en el caudal de objetivos mundanos conseguidos, sino en el poema reconstruido, gracias a la inspiración humilde y concreta de cada uno. Somos hijos del verso y al poema hemos de regresar, uniendo latidos en los tiempos más oscuros, ofreciendo alegría en los momentos de dolor más grande, inclusive en la lucha por un orbe más justo y menos desigual, donde todos hemos de hermanarnos. Fortalecer la cohesión social y la solidaridad, prevenir y gestionar las diversas crisis, abordar las amenazas a la seguridad, es tarea colectiva; a pesar de los mil pesares vertidos, o del volcán de asombros y de individualidades sembradas. 

                Bajo esta figura contemplativa, todo se reduce a una comunión de fibras conductoras de quietud; puesto que, aunque la realidad es fea, porque hay mucha mundanidad espiritual y cuantiosa corrupción, la nobleza de los aires poéticos son los que verdaderamente nos trascienden hacia horizontes que nos fraternizan, con su esperanzadora cadena de anhelos. El árbol de la vida, del que todos los seres humanos formamos parte, es la mejor certeza existencial que nos permite encarnar una constancia sincera, a través de una convicción viva y de una clemencia operante. No podemos, pues, desfallecer. Sólo con una auténtica caricia interna, se nos transforma completamente el ánimo. Al fin y al cabo, nada se encubre y todo se descubre con la verdad y en la bondad, que es lo que realmente nos sacia por dentro y por fuera los días, con valentía y valor, conciencia y conversión.

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