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El sueño de tener “la casa de todos”

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El destacado arquitecto Alejandro Aravena visitó la Convención para hablar de viviendas dignas. Esa intervención se convirtió en el libro “¿Cómo vamos a vivir juntos?”, aludiendo de paso a la “casa de todos” que debiera ser la próxima Constitución. El texto aborda 8 claves para alcanzar una política social de mayor equidad y El Longino hoy comparte uno de esos tópicos de manera íntegra”.

Isabel Frías

Periodista U.C.

El chileno Alejandro Aravena Mori –ganador del Premio Pritzker 2016, la principal distinción de la arquitectura mundial– expuso en febrero pasado ante la Convención su visión de cómo encarar la deuda que el país mantiene en materia de vivienda social.

De esa experiencia surgió un interesante libro que fue lanzado al mercado el primer día de abril y donde Aravena aborda de manera aguda las ocho claves para encarar la deuda de equidad y vivienda que afecta al país.

El profesional –que posee grandes lazos con Iquique por el ahora famoso proyecto “Quinta Monroy”– convirtió la experiencia en un libro lanzado a circulación durante abril por el Sello Paidós.

NIVELAR LA CANCHA

“Para poder vivir juntos vamos a tener que nivelar la cancha. Tenemos muchos desacuerdos en este momento en Chile, pero si algún acuerdo hay, es que tenemos un problema serio de inequidades. La ciudad podría funcio­nar como un atajo hacia la equidad, porque si se identifican estratégicamente proyectos de es­pacio público, de transporte público, de infraes­tructura y de vivienda, se puede mejorar calidad de vida en plazos relativamente cortos, sin tener que depender enteramente de la redistribución del ingreso (que es casi lo único de lo que uno es­cucha hablar, como si el problema de inequidad fuera solo un problema económico).

Los arquitectos hacemos edificios. Pero lo que realmente importa está entre fachada y fachada, en el espacio público definido por esas fachadas, porque el espacio público tiene una capacidad re­distributiva muy potente. El tema es que, por ese espacio público, todos compiten: los peatones, los ciclistas, los buses, los autos, los estaciona­mientos, todos. Quienes deben tomar decisiones públicas tienen que ver cómo distribuyen ese es­pacio por el que todos compiten.

Enrique Peñalosa, exalcalde de Bogotá, dice que su lógica es priorizar donde haya más derechos ciudadanos por metro cuadrado. Hay más derechos ciuda­danos por metro cuadrado en un bus que en un auto; por lo tanto, hay más derecho a paso en un bus que en un auto. Una vía exclusiva para buses, entonces, tiene más prioridad de asigna­ción que un carril para autos. Además, la gente en auto va sentada, con aire acondicionado o con calefacción. Así, si alguien se tiene que esperar, que sea el auto.

Algo parecido ocurre con las bicicletas: ocu­pan muy poco del espacio público y, por lo tan­to, también van a terminar teniendo prioridad. El transporte público, por tanto, puede tener un rol redistributivo, que puede acercarnos a me­jorar calidad de vida sin tener que esperar a la redistribución del ingreso. Lo mismo pasa con la vivienda y con la infraestructura. La inversión en espacio público no solo debiera ser inversamen­te proporcional a los ingresos de las zonas de la ciudad donde se está haciendo esa inversión, sino que, además, su asignación debiera seguir una ló­gica redistributiva.

EL EJEMPLO DE RIODE JANEIRO

Un ejemplo es el Parque de la Infancia. La idea era transformar la ladera norponiente del cerro San Cristóbal, en el lado de Recoleta, en un parque de juegos infantiles, pero el problema es que estaba en pendiente.

No voy a explicar el detalle del proyecto, pero si tuviera que llevar­lo a un concepto, diría que el problema en un parque de juegos es la tensión entre seguridad y entretención. Mientras más entretenido, más in­seguro. Y viceversa. Mientras más seguro, más fome. Lo que hicimos fue usar la pendiente para disolver esa polaridad. En un resbalín típico, mientras más largo se hace, más crece en altura, por lo tanto, más entretenido, pero más inseguro. Pero en una ladera en pendiente, podíamos hacer el resbalín todo lo largo que quisiéramos porque siempre íbamos a estar a 30 cm del suelo.

Pero más allá de estas cuestiones “nerds” de diseño, el punto de fondo es que una ciudad se mide por lo que en ella se puede hacer gratis. El rol del espacio público es que mejora calidad de vida sin tener que pagar por ello. Por eso la ciudad puede funcionar como un atajo hacia la equidad: por su enorme capacidad de contribuir a mejorar el buen vivir en plazos muy acotados.

La gran pelea que tuvimos en el Parque de la Infancia, fue porque se querían instalar tornique­tes para cobrar entrada. No tiene ningún sentido que se cobre por un espacio público y la pelea, que fue y volvió varias veces, terminó al final, por suerte, en que no se cobró. Si ustedes van hoy, siguen ahí los torniquetes y, ex post, se trató de ocultar la pelea, diciendo que eran para el control de acceso. Pero estos son algunos de los errores fundamentales que deberíamos poder erradicar, si entendemos que las ciudades son atajos hacia la equidad.

También sería bueno saber que, para poder hacer espacios públicos de calidad, gratis, dada nuestra escasez de recursos, probablemente ten­gamos que subirnos sobre las espaldas de gigan­tes. Y eso, en general, pasa con nuestra geografía.

Siempre me ha llamado la atención el caso de las playas en Río de Janeiro. Hay un espacio en la ciudad en que en traje de baño y con chalas, por un momento, son todos iguales. Disfrutar de ese momento no requiere de ninguna otra cosa que poder acceder a la playa. Nosotros no tenemos playa y tenemos otro clima, pero en la geografía hay algunas claves para poder tener momentos igualadores. El Parque Metropolitano está en un cerro; los mejores espacios públicos debieran apoyarse en las riberas de nuestros ríos, nuestras costaneras, nuestras cumbres y, por esa vía, a pesar de nuestra escasez de recursos, mejorar la calidad de vida transversalmente. Si pudiéramos pensar en nuestras ciudades como una oportuni­dad de conseguir momentos igualadores, no solo estaríamos haciendo algo justo, sino que nos per­mitiría encontrarnos. De lo contrario, tenemos una cosa muy maldita en nuestras ciudades: que no nos encontramos entre personas distintas. Si la ciudad refleja la inequidad de manera muy brutal, ella misma podría entonces ser el meca­nismo que la corrige”.

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