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Iquique

El Gigante y los niños Wara Wara encendió la costanera de Iquique con un pasa calle inspirado en el geoglifo del norte

Autor

por diariolongino

Publicado

enero 7, 2026

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En el Festival Tarapacá a Mil 2026 —presentado por Teck Quebrada Blanca y Fundación Teatro a Mil— la compañía La Patogallina convirtió Avenida Arturo Prat en un escenario abierto, con marionetas de gran formato y participación comunitaria.

Iquique vivió una de esas noches en que la ciudad se reconoce a sí misma en el espacio público. A las 21:00 horas de este martes 6 de enero, la Plaza Bernardo O’Higgins fue punto de partida para “El Gigante y los niños Wara Wara”, un pasacalle de gran formato creado por el colectivo La Patogallina, que tomó la costanera y la Avenida Arturo Prat en el marco del Festival Tarapacá a Mil 2026, presentado por Teck Quebrada Blanca junto a la Fundación Teatro a Mil.

El tránsito habitual del borde costero se transformó, por una hora, en un cauce de asombro: familias completas avanzando a la par de figuras gigantes, niñas y niños siguiendo la historia como si fuera un juego, turistas sorprendidos por la escala de las marionetas y vecinos que, sin necesidad de entrada ni butaca, entendieron que el teatro también se levanta donde se camina. La apuesta del festival, precisamente, es esa: artes escénicas al alcance de todos, con acceso libre y vocación participativa en
espacios abiertos.

Una historia nacida desde el norte, contada en la calle

“El Gigante y los niños Wara Wara” propone un relato que dialoga directamente con el imaginario de Tarapacá. Inspirada en el geoglifo del Gigante —símbolo visual que, para muchos, es una marca identitaria del desierto— la obra sigue a los niños Wara Wara: pequeños viajeros del tiempo y del espacio que llegan “desde las estrellas” y recorren la ciudad para reunir astros y energía con un objetivo claro: despertar a un gigante dormido.

El montaje, más que “mostrar” una historia, la comparte. En su recorrido, los personajes se conectan con la comunidad local, conversan, llaman, invitan, incorporan. La calle deja de ser pasillo y se vuelve escena viva: lo que está al frente ya no es un espectáculo distante, sino una experiencia que sucede en colectivo, con la gente como parte del pulso narrativo. Esa dimensión comunitaria —subraya la propia propuesta de
la obra— es central: el relato se alimenta del encuentro con el territorio y de la energía que se reúne en cada ciudad.

Martín Erazo, director del colectivo La Patogallina, remarcó ese origen y ese sentido de pertenencia al presentar la obra en Iquique. “Invitó a toda la comunidad de Iquique y sus alrededores a ser parte del pasacalle (…) un espectáculo que nació en nuestra región y que celebra nuestras raíces”, señaló. Y añadió una idea que quedó flotando en el aire, como consigna y como abrazo: “Este evento es mucho más que una fiesta: es un espacio de encuentro, participación y sueños compartidos (…) representa esperanza en el futuro, porque acercarse a los orígenes y conocer nuestra historia es la chispa que nos permite imaginar lo que viene”.

En la costanera, esa “chispa” se vio en gestos pequeños y contundentes: personas que se sumaron sin plan previo, niños que corrían para ubicarse adelante, abuelos que se quedaban en el borde para mirar el paso de las figuras, grupos que grababan con el celular y, aun así, no podían evitar quedarse mirando con la misma atención que se guarda para lo irrepetible.

La ciudad como escenario: arte, cuerpo y oficio

La Patogallina tiene una marca que el público chileno reconoce: potencia visual, trabajo físico, música, humor, relato popular y artesanía escénica. En este pasacalle, el oficio se notó desde el primer minuto. No se trata solo de “muñecos grandes”: hay coordinación, ritmo, seguridad, conducción del público y, sobre todo, un lenguaje callejero que entiende cómo se mira una obra cuando no hay telón que se cierre ni
oscuridad que ordene la atención.

Las marionetas —al avanzar entre aplausos, fotografías y miradas al cielo— obligaron a levantar la vista. Ese gesto simple cambió la relación con el entorno: Iquique, por un rato, se contempló desde otra altura. La avenida, el aire salino, la iluminación urbana y el sonido del borde costero se integraron como parte del diseño. El teatro no “llegó” a la ciudad: se montó con la ciudad.

Y en un festival que busca descentralizar y ampliar audiencias, esa imagen tiene un peso particular. Tarapacá a Mil no solo instala funciones; instala conversaciones: sobre identidad, sobre participación, sobre cómo la cultura se vive cuando no exige credenciales para entrar.

Un apoyo que apunta a comunidad y territorio

El pasacalle fue presentado en el marco del Festival Tarapacá a Mil 2026, desarrollado entre el 3 y el 12 de enero en la región, como una versión que refuerza su sello de gratuidad y acceso amplio en distintas comunas.

Desde Teck Quebrada Blanca, el énfasis puesto en este patrocinio tuvo un foco: hacer comunidad a través de las artes y ampliar el alcance más allá del centro urbano. Pablo Barraza, gerente de Gestión Comunitaria de Teck Quebrada Blanca, lo expresó en la antesala de la actividad al destacar el orgullo de ser parte de Teatro a Mil y, en particular, de Tarapacá a Mil, en jornadas que han reunido artistas y propuestas de alto nivel.

Barraza relevó el valor simbólico de que la obra surja desde el norte y se presente en un espacio emblemático como el borde costero de Cavancha, “centro turístico neurálgico” de Iquique, y subrayó la temática del montaje: la niñez, la imaginación y la manera en que las artes generan interacción. En su mensaje, puso un acento especial en el programa de “pequeñas audiencias”, al mencionar la presencia de niñas y niños provenientes de Caleta Chanavayita y Pozo Almonte que se trasladaron hasta la ciudad para ser parte de la experiencia.

El ejecutivo, además, reiteró la invitación a seguir participando en la programación regional, remarcando que el encuentro cultural también se extenderá a localidades y comunas como Chanavayita, Pozo Almonte y Pica, con la idea de que el festival sea un espacio donde “se logre hacer comunidad”. En esa línea, la frase final —que el público aplaudió como si fuera parte del guion— sintetizó el espíritu de estos días: “el teatro y las artes sí importan”.

Formación antes del aplauso: la Escuela La Patogallina

Uno de los elementos que más valoran los elencos y también los territorios es que el festival no se agota en la función. En la previa del pasacalle, se realizó la Escuela La Patogallina: un taller formativo orientado a estudiantes y artistas locales, desarrollado en la Casa Municipal de la Cultura. La iniciativa se alinea con la mirada de procesos que impulsa Teatro a Mil en regiones: no solo llevar obras, sino compartir herramientas, metodologías y experiencia con creadores del lugar.

En términos culturales, ese “antes” es tan importante como el espectáculo mismo. Porque deja capacidad instalada, abre redes, cruza generaciones y, de paso, instala una pregunta que resuena en Tarapacá: ¿cómo se fortalece una escena regional cuando el gran evento se va? La respuesta, muchas veces, está en estas instancias que no tienen luces de escenario, pero sí impacto en el mediano plazo.

Tarapacá a Mil: una postal que se vuelve hábito

La imagen de “El Gigante y los niños Wara Wara” avanzando por la costanera se suma a una tradición que el público iquiqueño ya reconoce: cada verano, el festival vuelve a recordarle a la ciudad que la cultura también puede ser rutina, no excepción. Y que en una región acostumbrada a convivir con distancias —geográficas, presupuestarias, institucionales—, un espectáculo gratuito en plena avenida es una forma concreta de equidad cultural.

Este martes, la costanera no fue solo un paseo. Fue un rito contemporáneo: comunidad reunida, símbolos locales reinterpretados, infancia al centro y un “gigante” —metáfora del territorio, de su memoria y de su proyección— que, por una noche, pareció moverse al ritmo de quienes lo miraban.

Con esa escena, Tarapacá a Mil 2026 vuelve a cumplir una promesa simple y potente: sacar el teatro a la calle, encender el espacio compartido y dejar, en el aire de Iquique, la sensación de que el arte no es adorno, sino una manera de encontrarse.

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