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La antropología de la playa. Una posterior arqueología de la basura

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Bernardo Muñoz Aguilar. Antropólogo social, Universidad de Tübingen, Alemania

Profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica, Universidad del Norte, Antofagasta

El iquiqueño en general es una persona muy ligada a la playa y su vida discurre entre estas y los cerros que los rodean y que anuncian el comienzo del desierto más árido del mundo. Se dice que aprendemos a nadar antes que a caminar. Por lo tanto, nuestra condición de chango nos hace respetar al mar y a las playas como nuestra casa y por lo tanto las cuidamos, las respetamos y convive o convivió con ella con un profundo respeto. Sin embargo, llegaron los que no supieron ni quisieron respetarla y sus playas y sus aguas se transformaron en la arqueología de la basura.  

Para uno que ha buceado bastante en Iquique antes de la arqueología de la basura y durante esta, los estados son claros. Antes de la mencionada arqueología eran aguas diáfanas las que bañadas gentilmente por la corriente fría de Humboldt nos bañaban nuestro imaginario colectivo y poblaba nuestras mesas con delicados productos marinos. 

Durante la tristeza del COVID y con posterioridad las inmersiones ya no eran para observar peces, sino que, para observar pañales, tarros de cervezas, botellas de vidrio y plásticas, mascarillas y otras diversas basuras, las que llenaban de tristezas nuestros ojos inmersos en ese querido océano. 

Otro rudo golpe a las costas iquiqueñas se produjo con los huireros. Normalmente, cuando esto era normal, el mar expulsaba con la corriente y las olas las algas o huiros que llegaban así a la orilla y eran recogidas por changos que usaban estas principalmente para hacer fuego o atar algún bulto. 

Pero la oferta de los japoneses para usar estas algas para la industria cosmética y de la salud impactaron las orillas de las playas comprendidas entre pabellón de Pica y Pisagua. En estas costas se instalaron decenas de huireros que en un comienzo sacaban varios sacos de este recurso para su venta, luego la demanda creciente y los buenos precios incidieron en que el desamor por las costas iquiqueñas se reflejara en que se comenzaron a sacar de raíz y con chuzos desde la roca madre las matas de huiro, complotando contra todo el microsistema marino donde se encontraban erizos, lapas, locos, apretadores, pejesapos, distintos peces de roca y en definitiva todos aquellos sistemas vivos que interactuaban en esas orillas marinas. 

Hay fotos desgarradoras sobre esta situación. La información que se maneja es que en algunas playas se instalan huireros, muchos de ellos en rucos y dependientes del consumo de drogas y alcohol que llegan a ganar hasta 2 millones de pesos por la recolección ilegal de estas matas de algas, por lo cual no tienen ninguna relación emocional, mental o cultural con la magnitud del daño que realizan. 

Esto no se detuvo allí en torno al desamor con las playas y el mar. Instalados en las principales playas de Iquique, comerciantes inescrupulosos dejan sus arenas llenas de restos de sus productos, vasos plásticos, papeles, bolsas plásticas y un largo etcétera, las que no solo inundan al final del día las blancas arenas, sino que también flotan o se hunden en las otroras prístinas aguas.

En varias oportunidades me vi en la necesidad de increpar a estas personas, como por ejemplo a un individuo que venía del Ecuador y estaba dos meses vendiendo frutas en vasos plásticos en plena playa Cavancha. Vendía aproximadamente 200 vasos diarios los cuales al final del día adornaban las blancas arenas o flotaban a la orilla del mar. Otra vez un moreno colombiano entregaba instrucciones a las vendedoras de varios carros de frutas desplegados a lo largo de Cavancha naturalmente con ventas furtivas. Lo denuncié a carabineros que patrullaban el sector y este ni siquiera tenía documentos, menos aún permisos municipales para poder vender productos en la playa. 

Yo llegaba muy temprano a la playa para poder gozar de la agradable playa en medio de la ciudad. Sin embargo, luego se iban instalando carros con distintos productos justo frente a la playa. Ya no veías más el horizonte marino, sus olas ni las actividades propias de un día de playa, sino que estos diversos carros lo cual me obligaba a hablar y pedir a estos que me dejaran libre de contaminación visual mi día de playa. Para que hablar de los múltiples gritos para la venta de distintas mercaderías, incluyendo megáfonos, sin respetar el silencio del bañista. 

Con el mismo salvajismo empezaron a aparecer enormes parlantes diseñados para el uso personal pero que producto de la falta de cultura de playa y el consumo de bebidas alcohólicas en medio de la playa hacían insoportable el descanso veraniego de los iquiqueños y de los tranquilos visitantes que a través del turismo se instalaban en sus playas durante todo el verano.

Para el afuerino quizás esto no tiene importancia, pero para los modernos changos y sus distinguidos visitantes es un asesinato con alevosía. Avísale Cavancha.

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