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EL CINEMA PARADISO DE LA PAMPA: 10 de FEBRERO de 1929, EL INCENDIO DE CALETA BUENA

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Marcelo González Borie
Historiador y Etnomusicólogo;
autor de obras sobre la historia de Tarapacá.

El auge de la industria salitrera trajo a Tarapacá, un ciclo de riqueza que impactó
especialmente, en el surgimiento de asentamientos que eran funcionales a las
necesidades industriales vinculadas a la extracción y transporte del caliche. Uno de esos
asentamientos, fue el pequeño puerto de Caleta Buena, ubicado a 40 kilómetros al norte
de Iquique, en un lugar que era conocido desde tiempos remotos bajo el nombre de Rabo
de Ballena. Instalado como puerto de salida de los embarques de las oficinas de Agua
Santa, Negreiros, Sal de Obispo y San Donato, comenzó sus operaciones en el año 1881,
impulsado más que nada, por el ímpetu del ingeniero James Humberstone, quien también
estimuló la instalación de una vía férrea que conectara dichas oficinas con el pequeño
embarcadero. Su aspecto físico era muy característico, dado que existían dos lugares muy
diferenciados entre sí: uno, el Alto Caleta, donde existían bodegas de almacenamiento y
algunas oficinas administrativas, además de una pequeña maestranza y que era el
terminal ferroviario donde se recibían los quintales con salitre, que luego eran conducidos
mediante un rudimentario funicular, al Bajo Caleta, por una vía de rieles que se
precipitaban hacia el mar desde una altura de más de 500 metros en un ángulo de 70°, lo
que era conocido por los lugareños como “el Plano Inclinado”.
Para fines de la segunda década del siglo XX, Caleta Buena poseía muelles,
bodegas, una desaladora de agua de mar, múltiples negocios de abasto, una sucursal del
Banco de Tarapacá, una oficina de correos, una escuela, una iglesia, un cementerio y un
cine, que hacían más llevaderos los monótonos días en el apacible puertecito. Con una
población poco superior a los mil habitantes, contaban con estanques de agua y una
pequeña compañía de bomberos. La mañana del domingo 10 de febrero de 1929, la
normal y bucólica tranquilidad del poblado, fue rota sólo por un ejercicio bomberil, el cual
se vio interrumpido porque el administrador, prohibió el uso del agua almacenada,
considerando que se aproximaban las fechas del carnaval y se quería economizar el vital
elemento, evitando las challas y fiestas de agua, por lo que se ordenó cerrar las válvulas
de los dos estanques de almacenamiento.
Por causas que se desconocen, pasadas las 15 horas, se produjo la inflamación de
uno de los rollos de acetato de las películas que se exhibían en el cine, siendo éste
evacuado en completo orden y dando la alarma a los bomberos, los que no contaron con
el flujo de agua adecuado (dado el corte ordenado por el administrador), por lo que el
amago se transformó en incendio y comenzó a propagarse por otras dependencias
colindantes. De acuerdo a las crónicas periodísticas, a eso de las 16:30, el fuego ya
consumía la totalidad del centro del pequeño villorrio, perdiéndose todo el comercio del
pujante asentamiento.

La noticia llegó a Iquique, al anochecer del mismo día 10, entonces el Comandante
de bomberos de la época, voluntario Carlos Calderón Torres, ordenó que el recién llegado
carro automotor de la Compañía “Germania N°2”, además de los bombines de las
compañías “Sargento Aldea N°6” y “Victoria N°11”, fueran embarcados en sendos
lanchones para ser trasladados a la brevedad hacia el lugar afectado; llegando al sitio del
suceso en la madrugada del 11 de febrero, junto a casi una centena de voluntarios.
El Diario “El Tarapacá”, señaló en su crónica del 12 de febrero al respecto de las
dos víctimas fatales que arrojó el siniestro, que, “una de las víctimas, un trabajador de
nombre Juan Vega, había fallecido producto de que por su estado de ebriedad no advirtió
la presencia de las llamas, quedando atrapado dentro del voraz incendio; dado que tenía
por habitación una casa de altos y cuando esta se derrumbó por la acción del fuego, quedó
atrapado entre los abrasadores restos, por ello, es que el cuerpo presenta aparte de las
quemaduras, algunas fracturas craneanas. El otro cadáver hallado, pertenece a una
pequeña criatura, cuyo nombre hasta el momento, ha sido imposible averiguar”. (El
Tarapacá; edición del 12/02/1929). De acuerdo al testimonio del Voluntario Insigne, hoy
ya desaparecido, Sr. Gerardo Sanz, “para extinguir las llamas, empleamos el antiguo
procedimiento de usar “agua vieja”, esto es la mezcla de agua con soda cáustica…; y a eso
de las 15 horas del día siguiente, nos volvimos a embarcar para retornar a Iquique, pues ya
no había nada más que se quemara. Caleta Buena, había desaparecido” (entrevista
realizada a Don Gerardo Sanz, por el autor de esta crónica).
El intendente provincial, Sr. Arturo Puga se hizo presente en el lugar, ordenando el
transporte de los damnificados hasta Iquique, a bordo de un clipper salitrero de bandera
alemana. Así, el que había sido un gran asentamiento, perdió toda su importancia, siendo
sólo parcialmente reconstruido, pero nunca más repoblado. Para 1940, sus instalaciones
pasaron bajo administración fiscal, pero un gran aluvión de lodo y rocas en 1945, sepultó
lo que quedaba en pie.
Esa es la triste historia del incendio que destruyó uno de los poblados con más
identidad cultural de la pampa salitrera y que heredó al país, una de las figuras deportivas
más icónicas e importantes de toda su historia: Arturo Godoy.

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